viernes, 2 de mayo de 2008

Barcelona, las chicas de la carretera, diciembre 21, 2006

La cuestión de la cual hablaré hoy viene inducida por la visión y no por la lectura de unos hechos.  Vayamos a ello. Tengo el convencimiento de no ser la única persona que, cuando viaja en coche, sus ojos topan con la imagen de una joven muchacha que, a las claras se ve, ejerce la llamada “profesión más antigua”. (*) En invierno como en verano, con frío helado, como el de estos días, o bajo un tórrido sol de las 4:30 de la tarde, allí está la muchacha en cuestión, siempre la misma, en el mismo “estratégico lugar”. (**) Unas veces acomodada en un circunstancial asiento; otras, las más, dando cortos paseos alrededor del sitio.
En días pasados, cuando por las crónicas negras a los que nuestros telediarios de noticias son tan aficionados, se habló de un camionero alemán que había matado a unas cuantas de estas muchachas, algunas en Cataluña, pensé que acaso fuese esta aciaga circunstancia la que por fin animase a nuestros responsables y autoridades a poner coto, quiero decir final, a tan nefastas maneras de este viejo negocio. Pero, desgraciadamente no. Ayer volví a ver a dos de estas jóvenes en los dos lugares de siempre en un trayecto de unos escasos quince kilómetros.
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(*) Poco valor tiene esta antigüedad, porque quienes la ejercen no tienen derecho alguno. En muchos casos son personas de baja condición social, cercana a la esclavitud.
(**) En un desolado paraje al pie de una carretera comarcal; una de las rotondas próxima a la entrada o salida de una población, un cruce, etc. Todos ellos con el denominador común de ser sitios a los que la mujer no ha podido llegar a pie y por lo tanto se puede inducir que alguien la ha transportado y luego, obviamente la recogerá.

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Este blog es el medio de expresar mis particulares reflexiones e ideas sobre la realidad que me rodea, así como las sugeridas por la lectura de libros y artículos de prensa. No es crítica literaria, no tengo conocimientos para ello. Expongo , tras muchos esfuerzos, lo que mi corazón me dicta. No es mi intención la de ofender ni herir a nadie. Tampoco, pues, me gustaría ser objeto de heridas u ofensas por discrepar con mis particulares opiniones y gustos.